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23 de FEBRERO de 2015

El atasco de la discordia

LAWYERPRESS

Por Susana Gisbert Grifo, Fiscal. Valencia

 

Susana Gisbert Grifo, Fiscal. ValenciaEstupefacta. Así ando un día tras otro, una tila tras otra, cuando, tras armarme de valor, trago saliva y leo algunas declaraciones sobre este negocio nuestro.

Y digo estupefacta por no decir otra cosa. Porque hay que respirar hondo y contar hasta veinte para no dar un puñetazo encima de la mesa, salir a gritar a los cuatro vientos o cerrar el chiringuito. O todo a un tiempo.

La cosa no viene de ahora, vaya que no. Nada más aterrizar por estos lares su actual titular, soltó eso de que “los medios en justicia no son insuficientes”. Y se quedó tan fresco. Mientras los que habitamos el planeta Justicia no sabíamos si cortarnos las venas o dejárnoslas crecer. Pero, evidentemente, él hablaba desde una galaxia muy lejana, los Mundos de Yupi. Y había que optar por darle un pequeño margen de confianza, que no tardaría en llegar el momento de darse de bruces contra la realidad.

Una realidad en que los ordenadores funcionan con pedales,  donde los expedientes se mantienen en equilibrio inestable con riesgo de aplastarnos, donde hay que pelearse por conseguir una grapadora o un taco de posits –qué sería de nosotros sin ellos-, donde hay que hacer encaje de bolillos para suplirnos entre nosotros, donde podemos esperar a que nos crezca la barba de un rabino para que nos lleguen algunos informes, o donde hay que jugarse el tipo para que no nos caigan trozos del techo, entre otros muchos ejemplos. Sólo era cuestión de tiempo. O eso era de suponer.

Y va y no. Nuestro gozo en un pozo. Porque debe seguir existiendo una realidad paralela a la que nosotros no tenemos acceso, una justicia distinta que la que vivimos día a día los que estamos en ella. Espero ansiosa a que venga Iker Jiménez y me teletransporte a ella, pero lo malo es que mientras debo seguir en ésta, en el mundo real, me guste o no. Y no encuentro esas gafas de color rosa que algunos se ponen antes de hacer declaraciones ante un micro.

Porque estupefacta estaba y así sigo. No contento con ello, y ante el aluvión de fotografías difundidas a lo largo y ancho del ciberespacio de instalaciones tercermundistas, señalamientos a años vista, torres de expedientes y maravillas varias, nos regalan otra perla, con estuche y todo. Y tuvimos que leer algo así como que estas cosas no iban con ellos, que era cosa de la justicia autonómica, que no daba los medios que se necesitaban. Y se quedó más a gusto que un arbusto, una vez más.

Como si no fueran competencia estatal las leyes que rigen la Administración de Justicia, ni fuera tampoco de su competencia la creación de plazas y juzgados, ni hubieran decidido eliminar a los sustitutos de un plumazo. Y como si las Comunidades Autónomas fueran reinos de taifas sin ninguna conexión con el gobierno central. Y como si ese término, “justicia autonómica”, existiera de verdad. Y otra vez a respirar hondo y a contar hasta veinte.

Entretanto, nos preguntábamos ansiosos qué habría sido de aquellas 300 plazas de jueces anunciadas a bombo y platillo como medida estrella de lucha contra la corrupción. Con la respuesta que ya conocíamos, claro. Que de creación, nada de nada, que era un modo de colocar a los pobres jueces –y fiscales- que vagaban por el mundo judicial como almas en pena, toga en ristre, esperando que les hicieran un hueco y les dieran de una vez la plaza que habían obtenido en buena lid. Y comprobamos que la convocatoria de plazas continúa al ritmo cicatero y tortuguil que nos impusieron hace tiempo y que tiene pocos visos de despegar, digan lo que digan.

Pero eso no era todo. Por si no había habido suficiente, una nueva afirmación amenazaba con colapsar las farmacias cercanas a los palacios de justicia en busca de tranquilizantes. Nada menos que la de que solo el 10 por ciento de los juzgados están atascados. Y había que tragársela así, sin anestesia ni nada. Y claro, fue publicarse semejante cosa, y empezar a llover por tierra, mar y aire frases de quienes se lamentaban de su mala suerte, pues a él, o ella, eran a quienes les tocaban siempre. Como jugar a la lotería y ganar siempre, vaya. Que ya es casualidad que todo el mundo sienta que le tocó el juzgado atascado. Del cabo de Gata hasta Finisterre, como decía la coplilla.

Pero no nos precipitemos. No corramos al estanco más próximo a rellenar una primitiva porque estamos en racha y seremos capaces de encontrar la aguja en un pajar. Porque no es eso. Este es un pajar lleno de agujas y a todos nos ha tocado ese diez por ciento. Lo que me lleva a pensar que de diez nada. Y eso que soy de Letras.

Pero aún siendo de Letras me aventuro a pensar que es posible, sólo posible, que alguien se haya dejado un cero en el camino. ¿El que le falta a la cifra, o el que merecen ciertas afirmaciones? Eso, por desgracia, no me corresponde decirlo a mí. Ni siquiera a los profesionales que vestimos toga, con puñetas o sin ellas. Eso le corresponde al ciudadano. Que sea él quien nos lo diga. Seguro que alguien se lleva una sorpresa. O no.

 

 

 

 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
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