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Estupefacta. Así ando un día tras otro, una tila tras otra, cuando, tras armarme
de valor, trago saliva y leo algunas declaraciones sobre este negocio nuestro.
Y digo estupefacta por no decir otra cosa. Porque hay que respirar hondo y
contar hasta veinte para no dar un puñetazo encima de la mesa, salir a gritar a
los cuatro vientos o cerrar el chiringuito. O todo a un tiempo.
La cosa no viene de ahora, vaya que no. Nada más aterrizar por estos lares su
actual titular, soltó eso de que “los medios en justicia no son insuficientes”.
Y se quedó tan fresco. Mientras los que habitamos el planeta Justicia no
sabíamos si cortarnos las venas o dejárnoslas crecer. Pero, evidentemente, él
hablaba desde una galaxia muy lejana, los Mundos de Yupi. Y había que optar por
darle un pequeño margen de confianza, que no tardaría en llegar el momento de
darse de bruces contra la realidad.
Una realidad en que los ordenadores funcionan con pedales, donde los
expedientes se mantienen en equilibrio inestable con riesgo de aplastarnos,
donde hay que pelearse por conseguir una grapadora o un taco de posits –qué
sería de nosotros sin ellos-, donde hay que hacer encaje de bolillos para
suplirnos entre nosotros, donde podemos esperar a que nos crezca la barba de un
rabino para que nos lleguen algunos informes, o donde hay que jugarse el tipo
para que no nos caigan trozos del techo, entre otros muchos ejemplos. Sólo era
cuestión de tiempo. O eso era de suponer.
Y va y no. Nuestro gozo en un pozo. Porque debe seguir existiendo una realidad
paralela a la que nosotros no tenemos acceso, una justicia distinta que la que
vivimos día a día los que estamos en ella. Espero ansiosa a que venga Iker
Jiménez y me teletransporte a ella, pero lo malo es que mientras debo seguir en
ésta, en el mundo real, me guste o no. Y no encuentro esas gafas de color rosa
que algunos se ponen antes de hacer declaraciones ante un micro.
Porque estupefacta estaba y así sigo. No contento con ello, y ante el aluvión de
fotografías difundidas a lo largo y ancho del ciberespacio de instalaciones
tercermundistas, señalamientos a años vista, torres de expedientes y maravillas
varias, nos regalan otra perla, con estuche y todo. Y tuvimos que leer algo así
como que estas cosas no iban con ellos, que era cosa de la justicia autonómica,
que no daba los medios que se necesitaban. Y se quedó más a gusto que un
arbusto, una vez más.
Como si no fueran competencia estatal las leyes que rigen la Administración de
Justicia, ni fuera tampoco de su competencia la creación de plazas y juzgados,
ni hubieran decidido eliminar a los sustitutos de un plumazo. Y como si las
Comunidades Autónomas fueran reinos de taifas sin ninguna conexión con el
gobierno central. Y como si ese término, “justicia autonómica”, existiera de
verdad. Y otra vez a respirar hondo y a contar hasta veinte.
Entretanto, nos preguntábamos ansiosos qué habría sido de aquellas 300 plazas de
jueces anunciadas a bombo y platillo como medida estrella de lucha contra la
corrupción. Con la respuesta que ya conocíamos, claro. Que de creación, nada de
nada, que era un modo de colocar a los pobres jueces –y fiscales- que vagaban
por el mundo judicial como almas en pena, toga en ristre, esperando que les
hicieran un hueco y les dieran de una vez la plaza que habían obtenido en buena
lid. Y comprobamos que la convocatoria de plazas continúa al ritmo cicatero y
tortuguil que nos impusieron hace tiempo y que tiene pocos visos de despegar,
digan lo que digan.
Pero eso no era todo. Por si no había habido suficiente, una nueva afirmación
amenazaba con colapsar las farmacias cercanas a los palacios de justicia en
busca de tranquilizantes. Nada menos que la de que solo el 10 por ciento de los
juzgados están atascados. Y había que tragársela así, sin anestesia ni nada. Y
claro, fue publicarse semejante cosa, y empezar a llover por tierra, mar y aire
frases de quienes se lamentaban de su mala suerte, pues a él, o ella, eran a
quienes les tocaban siempre. Como jugar a la lotería y ganar siempre, vaya. Que
ya es casualidad que todo el mundo sienta que le tocó el juzgado atascado. Del
cabo de Gata hasta Finisterre, como decía la coplilla.
Pero no nos precipitemos. No corramos al estanco más próximo a rellenar una
primitiva porque estamos en racha y seremos capaces de encontrar la aguja en un
pajar. Porque no es eso. Este es un pajar lleno de agujas y a todos nos ha
tocado ese diez por ciento. Lo que me lleva a pensar que de diez nada. Y eso que
soy de Letras.
Pero aún siendo de Letras me aventuro a pensar que es posible, sólo posible, que
alguien se haya dejado un cero en el camino. ¿El que le falta a la cifra, o el
que merecen ciertas afirmaciones? Eso, por desgracia, no me corresponde decirlo
a mí. Ni siquiera a los profesionales que vestimos toga, con puñetas o sin
ellas. Eso le corresponde al ciudadano. Que sea él quien nos lo diga. Seguro que
alguien se lleva una sorpresa. O no. |