La FGE plantea un cambio en el régimen
disciplinario de los fiscales. La cuestión
es importante y no solo lo es para los
directamente afectados, sino que trasciende
a los ciudadanos ya que es a través de las
sanciones establecidas en el régimen
disciplinario como se va a permitir que los
fiscales estén cómodos defendiendo con
libertad su interpretación imparcial de la
ley al caso concreto, o por el contrario,
que se sientan amenazados por la imposición
de sanciones caso de no sujetarse
exactamente a las directrices explícitas o
implícitas de la jerarquía.
El sistema disciplinario vigente se ha
mostrado obsoleto, ineficaz y falto de
garantías para los fiscales y es necesario
que se cambie. Las garantías comienzan
hasta ahora para nosotros, ante la
eventualidad de la apertura de un
expediente, cuando la sanción se impone y
hay que acudir a la vía jurisdiccional. Es
lamentable pero es así.
El defecto estriba en que la Carrera Fiscal
está fortísimamente jerarquizada: la
mentalidad que se ha impuesto tras muchos
años de hábitos incontestados es la de que
esa jerarquía ni tiene ni ha de tener
contrapesos internos, ni por la vía de la
transparencia de la actuación (recordemos
que de manera sorprendente la Fiscalía no
está incluida en la Ley de Transparencia),
ni por la motivación de las decisiones
(inexistente), ni desde luego por la
existencia de unas normas claras sobre las
que articular una defensa interna; y la de
que el FGE puede nombrar a quien le parezca
por razones de confianza (con lo que la
promoción profesional depende de razones no
ligadas al mérito o la capacidad) con la
particularidad de que cuando el FGE se
marcha, el nombrado muchas veces se queda.
A la postre, a las órdenes del jefe del
Ministerio Fiscal está el Inspector Fiscal
(jefe de la Inspección) cuya autonomía
respecto del FGE es limitada en la ley y
mucho más limitada en la práctica. Además,
la jerarquía de la Fiscalía está compuesta
por fiscales que aceptan este sistema
huérfano de derechos para los fiscales
porque les viene bien y tal vez porque
algunos crean en el mismo: forman parte en
su mayor parte de las dos asociaciones
dominantes (AF y UPF), que les promocionan
profesionalmente cuando los Fiscales
Generales son nombrados por PP o del PSOE
–respectivamente- y son completamente
renuentes a la hora de reclamar reformas en
beneficio del resto de los fiscales.
Así, ha sido posible recientemente, que la
Institución pudiera expulsar de la Carrera a
un Fiscal por faltas más tarde acreditadas
jurisdiccionalmente como inexistentes, sin
que nadie en la dirección de la Fiscalía se
preocupara lo más mínimo de ello y sin que
esas asociaciones dijeran ni una palabra
sobre la ausencia de garantías.
En estas estamos cuando la Carrera Judicial
ha cambiado su régimen disciplinario,
confiriendo mayores garantías a los jueces
través básicamente de la creación de una
figura, el Promotor de la Acción
Disciplinaria, a la que se le otorga una
independencia respecto de los órganos
sancionadores de los jueces. La Fiscalía
propone copiar el sistema del Promotor, pero
a su propia manera: no le da independencia
del FGE, que sería la clave de arco de un
sistema garantista, ya éste lo nombra
discrecionalmente durante dos años (cuatro
el promotor de los jueces), y además, se
reserva la jerarquía la posibilidad de
ordenar al Promotor que incoe expedientes
aún cuando no lo considere oportuno.
Parece una broma, pero es así. En lugar
de un Inspector tendremos un Promotor, pero
a los dos los elige el FGE por razones
discrecionales y de confianza. Con un
par. Además, se amplía el catálogo de
sanciones, básicamente las relacionadas con
la desobediencia a la jerarquía; se aumentan
las multas (aunque los sueldos bajen); se
extiende el tiempo de prescripción; se
complica la tramitación y se sigue sin
contemplar la intervención de nadie
independiente (no sometido a la jerarquía ni
diferente del investigado) en el
expediente.
Y por supuesto, ni se incluyen como
sanciones el acoso laboral, el acoso sexual,
los abusos de los jefes en las
distribuciones de trabajo o en los visados,
es decir, las posibles infracciones de los
mandos. En suma, la Fiscalía sigue en la
línea de autoritarismo creciente para dentro
de la Institución.
Si además, y desde una perspectiva más
amplia, la politización del FGE no se rebaja
(siguen por ejemplo sin regularse por ley
las relaciones entre el FGE y el Gobierno) y
como vemos se incrementan sus poderes sobre
el resto de los fiscales, la idea es clara:
nuestra Justicia seguirá siendo muy
deficiente, la credibilidad de la
Institución será baja, la lucha contra la
corrupción estará siempre bajo sospecha, y
se hará imposible un cambio de modelo de
proceso que es necesario pero que pasa
porque se sacudan las amenazas a los
fiscales por ejercer su trabajo con
disciplina y con obediencia a ley, pero con
libertad e imparcialidad.
Alguien menos veterano que yo podría
albergar alguna ilusión en las propuestas de
regeneración democrática que se están
discutiendo ahora mismo para quizá cambiar
ciertos modos en la Fiscalía; yo no las
tengo por ahí: todo lo que nos ocurre en la
Justicia está buscado desde hace décadas por
quienes se alternan en el Gobierno, por
quienes inundan los periódicos con
escándalos de corrupción, y por quienes al
final medran de esta situación.