Y
estas
investigaciones
se
encuadran,
a mi
entender,
en
tres
posibles
escenarios
que
provocan
que
el
95 %
de
ellas
queden
en
punto
muerto:
1.-
Que
el
delincuente
realice
la
conducta
antijurídica
con
un
dispositivo
electrónico
geolocalizado
dentro
de
nuestra
frontera
espacio-tiempo
y
mundo
cuatridimensional.
En
este
caso,
las
fuerzas
y
cuerpos
de
seguridad
junto
con
los
jueces
pueden
solicitar
a
los
operadores
de
telecomunicaciones
ubicados
en
España
que
les
indiquen
el
número
IP y
hora
de
conexión.
De
esta
manera,
la
investigación
puede
determinar
el
lugar,
hora
y
presunto
propietario
del
dispositivo.
Además
también
puede
incautarse
de
otras
pruebas,
como
son
el
ordenador
y
smartphone
en
posesión
del
infractor.
Esta
primera
posibilidad
es
la
más
sencilla
de
perseguir
pero,
lamentablemente,
los
ciberdelincuentes
no
son
tan
ingenuos
como
para
llevar
a
cabo
sus
acciones
criminales
de
esta
forma.
2.-
Que
el
delincuente
realice
la
conducta
antisocial
desde
un
dispositivo
geolocalizado
en
territorio
extranjero.
En
este
supuesto,
la
investigación
se
complica
a
tal
nivel
que
queda
en
un
punto
muerto
ya
que
conseguir
la
colaboración
de
los
proveedores
de
internet
(buscadores,
redes
sociales,
etc.)
y
operadores
de
telecomunicaciones
extranjeros
es
una
tarea
titánica
a
día
de
hoy.
3.-
Que
el
ciberdelicuente
realice
su
acción
de
forma
anónima,
enmascarado
y
utilizando
la
tecnología
sencilla
y
barata
que
le
brinda
Internet
para
esconderse
y no
dejar
rastro.
En
estos
casos,
la
acción
se
realiza
desde
dispositivos
ocultos
y
diversos
que
dificultan
su
persecución
desde
un
punto
de
vista
técnico
y
práctico.
Volviendo
a la
“alarma
social”
surgida
en
los
últimos
días
como
consecuencia
de
muchos
comentarios
vertidos
en
las
redes
sociales
en
relación
a
diferentes
acontecimientos,
tanto
el
Gobierno
como
el
Ministerio
Fiscal,
se
han
visto
obligados
a
dar
una
respuesta
a
esta
situación,
señalando
la
necesidad
de
actuar
de
manera
contundente
contra
este
tipo
de
conductas
y
adoptando
las
primeras
medidas
para
tratar
de
centralizar
y
unificar
la
respuesta
judicial
ante
las
mismas,
concretamente
en
la
sala
coordinadora
en
materia
de
Criminalidad
Informática
del
Ministerio
Fiscal.
A
pesar
de
esa
respuesta
por
parte
de
los
poderes
públicos,
esta
semana
también
se
han
puesto
de
manifiesto
algunos
aspectos
que
pueden
limitar
la
capacidad
de
persecución
y
castigo
de
este
tipo
de
actuaciones,
teniendo
en
cuenta
que
muchas
de
las
fórmulas
jurídicas
existentes
pueden
resultar
insuficientes,
y
que
los
medios
técnicos
y
humanos
hacen
prácticamente
imposible
actuar
de
manera
global
y
generalizada
contra
todos
los
comentarios
publicados
en
las
redes
sociales
que
puedan
ser
considerados
constitutivos
de
delitos.
Entonces,
¿qué
debería
hacer
el
poder
legislativo,
judicial
y
ejecutivo
para
proteger
a
sus
ciudadanos
de
los
cada
vez
más
frecuentes
Ciberdelitos?
A mi
entender,
existen
tres
vías
de
colaboración:
1.-
Crear
cuerpos
de
élite
digitales,
compuestos
por
expertos
informáticos
y
juristas,
tanto
del
sector
civil,
como
del
sector
militar
-y
tanto
del
sector
público
como
del
privado-.
2.-
Acudir
a
todos
los
congresos
internacionales
y
multisectoriales
(stakeholders)
para
promover
la
aprobación
de
normas
internacionales
que
persigan
los
ciberdelitos.
3.-
Crear
un
Comité
de
Estudio
que
analice
los
principios
clásicos
del
Derecho
para
proponer
los
principios
de
un
nuevo
modelo
y
método
de
estudio,
creando
una
nueva
materia
jurídica,
similar
al
Derecho
marítimo
y
aeroespacial,
que
se
denomine
“Derecho
del
Ciberespacio”.
Esta
nueva
disciplina
tendría
muy
en
cuenta
nuevos
principios
de
aplicabilidad
que
se
adapten
al
nuevo
y
revolucionario
mundo
llamado
“Internet”.