En
el
activismo
de
la
discapacidad
-aquella
parte
de
la
comunidad
que
se
moviliza
socialmente
para
cambiar
de
forma
estructural
las
condiciones
de
vida
y de
ciudadanía
de
las
personas
con
discapacidad
y
sus
familias-,
tenemos
las
firme
convicción
de
que
son
estas,
las
personas
con
discapacidad,
las
que
han
de
erigirse
en
las
agentes
de
su
propio
proceso
de
inclusión.
Ya
no
es
lo
público,
en
cualquiera
de
sus
prolijas
emanaciones,
una
Administración,
una
ley,
un
dispositivo,
una
prestación,
tanto
da,
la
instancia
responsable
de
que
las
personas
con
discapacidad
alcancen
un
grado
de
desarrollo
humano
y
participación
comunitaria
satisfactorio,
que
no
sea
vea
condicionado
ni
entorpecido
por
el
hecho
de
la
discapacidad,
que
no
sería
en
adelante
más
que
algo
episódico
que
no
define
ni
agota
a la
persona.
La
emancipación
es
individual,
sí,
pero
los
apoyos
para
que
esa
inclusión
sea
real
y
efectiva,
han
de
ser
colectivos.
Y en
todo
esto,
el
movimiento
asociativo
de
la
discapacidad
ha
de
ser
un
acompañante
activo
de
ese
proceso.
Sentado
esto,
que
debería
impregnar
cualquier
acción
en
materia
de
discapacidad,
se
trataría
de
determinar
cómo
han
de
venir
dados
esos
apoyos.
En
su
provisión,
desde
luego,
lo
público
tiene
una
responsabilidad
primordial,
en
cuanto
es
el
garante
último
de
que
la
vida
en
comunidad
discurra
para
todos
sus
miembros
por
unos
derroteros
de
decencia
y
dignidad
mínimas.
Pero
lo
público,
no
es
el
único
estamento,
ni
mucho
menos,
llamado
a
proporcionar
esas
garantías.
Está
la
propia
sociedad,
las
personas
a
título
individual
y
colectivo,
que
conscientes
y
activas,
de
modo
aislado
u
organizadamente,
asumen
su
cuota
de
responsabilidad.
De
ahí
surge,
en
el
caso
de
la
discapacidad,
el
activismo
y el
movimiento
social
que
lo
sostiene
y
anima.
Un
movimiento
cívico
que
no
actúa
solo
en
el
plano
político,
como
promotor
de
un
cambio
social
a su
juicio
tan
ineludible
como
impostergable,
sino
que
también
adquiere
el
estatuto
de
proveedor
de
esos
apoyos;
a la
dimensión
política,
se
agrega,
de
grado
o
forzadamente,
la
gestora.
La
mutua
ayuda
entre
personas
que
experimentan
situaciones
análogas
y
poseen
comunidades
de
intereses,
que
vienen
determinadas
por
presentar
una
misma
discapacidad
o
efectos
similares
de
discapacidades
distintas.
En
esa
estela
se
inscribe
esta
publicación,
GUÍA
PARA
LAS
PERSONAS
QUE
CONVIVEN
CON
LA
ESPASTICIDAD,
elaborada
por
la
entidad
Convives
con
Espasticidad,
que
preside
Claudia
Tecglen.
Un
conjunto
de
personas
que
presentan
(o
preocupadas
por)
las
consecuencias
del
fenómeno
de
la
espasticidad
que
se
reúnen
para
promover
una
realización,
-un
logro,
si
nos
atenemos
a
sus
sobrados
méritos-,
inexistente
hasta
ahora,
que
consiste
en
esencia
en
generar
y
ordenar
conocimiento
extenso
y
valioso
sobre
esta
realidad
para
ponerlo
al
servicio
de
una
comunidad
amplia,
que
lo
va a
encontrar
sumamente
útil
a la
hora
de
encarar
la
mejor
gestión
de
sus
respectivas
vidas,
en
la
que
la
espasticidad
es
un
elemento
presente.
Las
propias
personas
se
movilizan
para
prestar
apoyo
a
otras
personas,
colectivizando
aquello
que
es
siempre
el
primer
factor
de
cambio
y
avance,
el
conocimiento,
antesala
de
la
decisión
y
presupuesto
de
la
acción.
No
un
conocimiento
extático,
que
se
admira
de
sí
mismo,
o
estático,
que
celebra
su
mera
existencia,
sino
un
conocimiento
instrumental,
con
efectos
expansivos,
que
provee
de
herramientas
eficaces
a
individuos
concretos
que
con
él,
asimilándolo
y
ampliándolo,
podrán
manejar
de
mejor
modo
sus
proyectos
de
vida.
Esta
guía
certifica
la
validez
de
la
afirmación
del
comienzo,
la
responsabilidad
del
proceso
de
inclusión
es
personal,
los
apoyos
colectivos,
el
movimiento
asociativo
un
acompañante
activo.
Son
las
propias
personas
con
espasticidad
-es
por
cierto
la
única
posición
moral
aceptable-
las
que
deben
estar
en
situación
de
debatir
y
resolver
sus
propias
vidas,
sabiendo
que
por
su
diversidad
el
entorno
les
va a
imponer,
les
impone
de
hecho,
unas
condiciones
exorbitantes,
rayanas
en
lo
usurario
que
adoptan
la
forma
de
exclusión,
desigualdad
y
debilidad
de
derechos.
Para
atenuar
esa
dureza
ambiente,
se
precisan
apoyos,
de
toda
índole,
pero
ninguno
más
genuino
que
los
que
proceden
de
otras
personas
en
similar
situación,
que
actúan
aunada
y
organizadamente
movidos
por
una
intensa
pulsión
solidaria.
Luis
Cayo
Pérez
Bueno,
Presidente
Comité
Español
de
Representantes
de
Personas
con
Discapacidad
(CERMI)