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El revés del Derecho. In memoriam de Fernando Vizcaíno Casas
MADRID, 05 de NOVIEMBRE de 2013 - LAWYERPRESS

Por Fernando Vizcaíno de Sas, Abogado

Fernando Vizcaíno de Sas, AbogadoPublicó de muy joven “Suma de Legislación del Espectáculo” que fue el primer código de normas del mundo artístico de España. Siguiendo con ese atractivo al mundo de la farándula, se dedicó de lleno a representar en los tribunales a cuantos actores, actrices, cantantes o titiriteros tenían un problema y fue, sin ninguna duda, el pionero en la defensa de este peculiar mundo, antes de que se pervirtiera con los programas rosas que hoy nos inundan.
Fue el verdadero muñidor de los primeros pasos del Derecho Laboral en nuestro país (“cuando yo estudiaba en la universidad ni siquiera era asignatura, lo dábamos integrado en el derecho administrativo…”) con sus buenos amigos Alonso García, Fernando Suarez o Rodriguez Devesa.
Dentro del derecho del trabajo y en ejercicio ante las magistraturas de trabajo, hoy juzgados de lo social, creó una escuela por su forma de afrontar los juicios y tratar al cliente. Inspirando a generaciones que vinieron después que han dado brillantes abogados en el foro. Recuerdo que, cuando empecé a ejercer, el cliente iba al despacho del abogado, salvo al nuestro ya que hacía lo que llamaba “su ronda” y visitaba diariamente en sus oficinas a las principales empresas que asesoraba aunque no tuvieran problema alguno o no necesitaran de ningún consejo.
Recibió las más altas condecoraciones y reconocimientos, empezando por la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort a la que renunció cuando se le concedió a un defensor de Etarras y no a un buen amigo (y mejor letrado) por haber defendido a uno de los Golpistas del 23F. Pese a lo cual, lo que más le molestaba, es que se politizara la profesión de abogado ya que, repetía siempre: “el abogado ha de ser independiente del poder, de los jueces y, lo que es más difícil, de su propio cliente”. Recuerdo que en lugar distinguido del despacho estaba el decálogo de los abogados de Osorio Gallardo (a los jóvenes que me leen que lo busquen en Internet. Merece la pena) y en él subrayado: “No te rindas ante la popularidad ni adules la tiranía”, aunque los diez merecían estarlo. Y cumplió el último de todos: “Busca siempre la justicia por el camino de la sinceridad y sin otras armas que las de tu saber”.
Dio cientos de charlas y lecciones magistrales que, en cuanto las oyeron, dejaron una huella indeleble. Un ilustre abogado me comentó que él se dedicó al laboral (no me gusta el término “laboralista”) después de asistir a una clase en Valencia.
Disfrutó cada segundo en el que ejerció y dejó su impronta, vaya que sí, en el foro. De hecho ya muy enfermo siguió defendiendo hasta el último minuto a sus clientes, por cierto en un pleito de muy escasa cuantía lo que llevó al juez que lo juzgaba a comentar después de su muerte el valor de, en su estado, llevar ese pleito. Pero él era abogado, picapleitos (como decía un azulejo en su biblioteca) y adoraba su profesión.
Supo distinguir su labor literaria del ejercicio de la profesión de abogado, que era su verdadera pasión, si bien no pudo ceder a la tentación de publicar dos libros con el título que figura sobre estas líneas. Libros de anécdotas ciertas y frases lapidarias que han pasado al acervo de los dichos entre letrados (“No digas pleito ganado sin sentencia en el bolsillo “Los notarios no dan fé: la cobran “Cuando lleves un pleito defiéndelo como si fuera tuyo propio y, cuando lo pierdas, jamás olvides que es de un tercero”).
Les hablo, seguro que no lo sabían ustedes, de mi padre Fernando Vizcaíno Casas porque hace ahora diez años que murió y el buen amigo Luis Javier Sánchez me destacó que casi nadie le conoce como abogado o jurista.
Pasó a la historia (lo que para él ocurrió el día que salió en el Espasa) como escritor y se le reconoce como tal, y es verdad que aunque tímidamente se pone al lado eso de “abogado” la gente no sabe que ejerció y fue un pilar esencial para que el derecho laboral y el proceso social sean hoy lo que son en España.
Yo aprendí todo de él, claro, y me gusta recorrer los juzgados de toda España y encontrarme abogados, jueces, secretarios u oficiales que me identifican como su hijo y me lo recuerdan. Me cuentan lo brillante que era, lo bien que lo hacía y lo mucho que se reían con él.
Porque esa era otra de sus características: supo dotar al ejercicio del derecho de humor, de gracia, de simpatía… Cualidades no siempre compatibles con los problemas y conflictos que vemos y que él, con toda naturalidad, relajaba con un dicho certero o con una gracia no hiriente.
Presiden mi despacho el primer pleito que llevó (una reclamación administrativa para cambiar los apellidos de Enrique Álvarez Diosdado, por Diosdado Álvarez como pasó a llamarse el insigne actor) y la foto del homenaje póstumo que el Decano Martín Mingarro quiso darle en presencia de mi madre.
Sin embargo no tengo ningún libro suyo más que aquél que escribimos a medias que se llamó “Tengo un problema laboral ¿qué puedo hacer?”
Porque para mí, además de un extraordinario padre, fue un egregio abogado.
¡Perdón papá quise decir “Picapleitos”...!
 


 
 

 

 


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