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Por Dra. Alicia Coduras, Directora de la Cátedra de Fomento del Espíritu Emprendedor, Universidad Antonio de Nebrija
Mucho se ha escrito sobre las diferencias existentes entre el emprendimiento femenino y el masculino. La menor participación de la mujer en este tipo de iniciativas empresariales es un hecho y en la gran mayoría de países desarrollados la tasa de actividad emprendedora femenina supone alrededor de la mitad de la masculina. En España, sin ir más lejos, las cifras correspondientes al informe GEM 2012, arrojan una tasa de actividad del 7,3% de la población masculina frente a un 4% de la población femenina. Además, la tasa masculina ha aumentado un 4,4% erespecto del año 2011, mientras que la femenina ha disminuido casi un 12%. Entre las causas de esta menor participación de la mujer en actividades emprendedoras en los países desarrollados en general y en España en particular, destaca la menor presencia de rasgos motivadores del emprendimiento en la población femenina. Así, la proporción de mujeres que perciben oportunidades para emprender, que se auto reconoce habilidades para poner en marcha una pequeña empresa o que conoce a emprendedores es, recurrentemente, inferior que la proporción de hombres. Asimismo, el porcentaje de mujeres para las cuales el temor al fracaso es un osbtáculo para emprender supera año tras año al de hombres. Por consiguiente, estos resultados ponen de manifiesto que la tan deseada mayor contribución de la mujer en el ámbito empresarial requiere, para comenzar, una mayor difusión y arraigo de los valores y cultura emprendedores en esta parte de la población. Si se mejorase este trasfondo cultural y la mujer participase tan activamente como el hombre en el proceso empresarial, prácticamente se duplicaría la actividad emprendedora mundial, pues hay que tener en cuenta los países en que culturalmente está prácticamente prohibido un desarrollo profesional de este tipo para la mujer. El impacto que tendría este hecho en términos de empleo y generación de riqueza sería extraordinario. Sin embargo, dejando aparte esta utopía, también es enecesario trabajar en otros frentes para lograr una equiparación de la actividad femenina y la masculina. Así, en el plano empresarial real, se advierte que la mujer adopta rápidamente los estereotipos masculinos de comportamiento a la hora de gestionar y dirigir empresas, por lo que las diferencias en ese plano parecen superadas en lo esencial. El siguiente problema a resolver, se centra más en la distribución sectorial de las iniciativas. La mujer participa muy activamente en empresas orientadas al servicio al consumidor (65% del total), bastante menos en las orientadas a dar servicio a otras empresas (22,3%), mucho menos en el sector transformador o industrial (10%) y aún menos en el extractivo o primario (2,8%). Por este motivo, por término medio, sus actividades suelen ser menos ambiciosas que las masculinas, comprometiendo menos capital semilla, generando cifras muy moderadas de empleo y, en definitiva, teniendo mucho menor impacto que las masculinas en la economía del país. Por todo ello, contra lo esperado ante la mayor integración de la mujer en carreras técnicas y científicas, aunque haya excepciones, no se da un buen resultado en términos de creación empresarial femenina en sectores estratégicos industriales y tecnológicos. Este punto es, posiblemente, el que invita a una mayor reflexión acerca de las medidas que hay que tomar para asistir en unos años a un mayor auge de la participación de la mujer en el proceso emprendedor. ¿Se trata de un reto de difícil planteamiento? ¿Se debe a que resulta más difícil obtener financiación por parte de las mujeres para proyectos ambiciosos o en determinados sectores? ¿Existe una dificultad adicional por causa de la formación de familias y la maternidad que impide una mayor consideración del emprendimiento femenino en sectores complejos? ¿Son las propias características de estos sectores y su tradicional dominación masculina la que disminuye las expectativas de la mujer? Estas y muchas otras preguntas y sus posibles respuestas parecen constituir la clave del logro de una mayor diversificación e impacto del emprendimiento femenino. Por ello, tanto los diseñadores de políticas públicas como los educadores deben aumentar su atención hacia el tratamiento de estos problemas de fondo, pues como se ha apuntado anteriormente, su superación puede conducir, no sólo a un aumento de la participación de la mujer, sino a un incremento de su impacto en empleo y generación de riqueza. Para concluir, es importante dedicar unas líneas al delicado tema de las capacidades y competencias femeninas y masculinas. Actualmente, está lenamente admitido que una mujer tiene la misma capacitación que un hombre para desarrollar una empresa y que no existen trabas a su incorporación en el tejido industrial en países en que se reconoce la igualdad de derechos y deberes de ambos sexos. Sin embargo, desde un enfoque psicológico, se admite la existencia de rasgos diferenciales en la forma de pensamiento e incluso de gestión entre hombres y mujeres. En este sentido, es importante señalar que las diferencias deben tomarse como positivas y como ventajas que pueden resultar muy útiles, especialmente cuando se trabaja en equipos mixtos. Así, la mayor capacidad de asumir riesgos del hombre y su mayor agilidad ante la toma de decisiones rápidas puede resultar un buen contrapunto al mayor institnto de protección que expresa la mujer ante el riesgo y a su actitud más prudente y reflexiva en la toma de decisiones, de manera que ambas visiones se pueden complementar ayudando a mejorar la gestión. Asimismo, la mujer cuenta con otras ventajas como una capacidad imaginativa más ágil, un agudo sentido de la observación y de la intuición ante determinadas situaciones y personas y, en la mayoría de los casos, una visión diferente acerca de cómo enfocar la competitividad y el sacrificio. En cualquier caso, lo que se quiere señalar es que existen rasgos psicológicos y conductuales diferentes entre hombres y mujeres y que, lejos de suponer una desventaje para cualquiera de ambos colectivos, lo importante es reconocerlos y aprovecharlos. En España y en muchos otros países, queda mucho por hacer para aumentar la participación femenina en el proceso emprendedor. La crisis es una oportunidad para la población femenina para aumentar su presencia en el mismo, y salvar la mayor diferencia que existe en el momento actual: su menor presencia en el sector primario y en sectores industriales. Para saber más, recomiendo la lectura de los informes Mujer y desafío emprendedor en España, ediciones 2010 y 2012 (http://www.uca.es/emprendedores/investigacion-y-estudio/informe-mujer-y-desafio-emprendedor)
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