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El
Profesor
Emilio
Beltrán.
Un
hombre
de
luz |
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MADRID,
06
de
MAYO
de
2013
-
LAWYERPRESS |
|
Por
Aurelio
Gurrea
Chalé,
Socio
de
DICTUM
Abogados |
|
El
profesor
Emilio
Beltrán
Sánchez
era
una
persona
buena,
con
una
amplia
dimensión
de
trascendencia.
Un
persona
que
irradiaba
luz:
la
luz
de
sus
conocimientos,
de
su
generosidad,
de
su
coherencia,
de
su
amistad,
de
su
lealtad,
de
su
paciencia,
de
su
liderazgo
y de
su
tolerancia.
Tuve
la
suerte
de
conocerlo
cuando
alboreaba
el
otoño
en
mi
vida
-era
mucho
más
joven
que
yo-
y ha
sido
una
de
las
mejores
cosas
que
me
ha
ocurrido
en
el
peregrinar
de
mi
existencia.
Porque
conocer
a un
personaje
de
la
dimensión
humana
del
profesor
Emilio
Beltrán
es
algo
que
apenas
pasa
en
la
vida
y me
siento
un
privilegiado
de
que
eso
me
haya
ocurrido
a
mí.
Era
una
persona
que
trabajaba
sin
descanso
en
aquello
que
amaba
profundamente
como
era
la
enseñanza
y la
investigación
del
Derecho
Mercantil
–especialmente,
el
derecho
de
la
insolvencia-.
Las
clases
a
sus
alumnos
eran
lo
primero,
después
la
investigación
y,
por
último
–
que
no
era
poco-
la
dirección
de
publicaciones,
congresos,
jornadas
científicas…
y
Dictum,
el
sueño
que
llevaba
dentro:
la
unificación
de
profesionales
y
académicos
en
un
proyecto
común
donde
tanto
la
academia
como
la
profesión
fueran
de
la
mano
en
la
solución
de
cuestiones
empresariales
y
corporativas,
así
como
también
en
la
formación
continuada
de
sus
miembros.
Emilio
era
un
ilustrado
que
brillaba
con
luz
propia,
inundando
con
el
resplandor
de
sus
valores
a
todo
aquel
que
le
rodeaba.
Su
familia,
sus
discípulos
y
amigos
le
veneraban,
porque
él
los
atraía
con
la
irradiación
del
conocimiento
y la
razón
como
la
misteriosa
atracción
que
ejerce
la
farola
callejera
hacia
el
insecto
lucípeto.
Su
espíritu,
libre
como
las
nubes
en
el
cielo,
trabajaba
por
el
despertar
de
las
conciencias
a
través
de
la
energía
del
sentimiento,
impregnando
la
estancia
académica
y
cargando
la
atmosfera
de
teorías,
hipótesis,
tesis
y
conclusiones
que
enriquecían
los
ávidos
encéfalos
de
sus
adeptos.
Alguna
vez
–las
menos-,
recibió
por
parte
del
egoísmo
de
algunos
de
sus
incondicionales
golpes
que
no
esperaba,
pero
él
se
recuperaba
como
el
mito
del
ave
Fénix
en
toda
su
gloria
y
volvía
a
luchar
por
sus
sueños.
No
le
importaba
la
separación
de
algunos
de
los
que
habían
salido
de
la
caverna
gracias
a
él,
porque
él
era
generoso
y
leal.
Es
más,
si
podía,
seguía
ayudando.
Él
hacía
buena
la
frase
del
escritor
brasileño
Paulo
Coelho
“acumular
amor
significa
suerte,
acumular
odio
significa
calamidad”;
por
eso
nunca
odiaba,
se
sentía
dolido
momentáneamente
pero
nunca
llegaba
a
odiar,
¡era
la
grandeza
y la
humildad
del
sabio!
Una
gran
parte
de
sus
colegas,
tanto
en
España
como
en
el
mundo
latinoamericano
y
parte
del
germánico,
sentían
admiración
por
él,
por
su
sapiencia
académica,
por
su
generosidad
en
compartir
sus
estudios
e
investigaciones,
por
su
cordialidad
y
por
su
entrega
en
aquello
que
era
comisionado
para
realizar.
Era
vocal
de
la
Comisión
General
de
Codificación,
dirigía
la
Revista
de
Derecho
Mercantil
y el
Anuario
de
Derecho
Concursal.
Era
miembro
destacado
del
Instituto
Iberoamericano
de
Derecho
Concursal,
en
donde
le
querían
y al
que
él
quería
como
suyo.
Tuve
el
honor
de
acompañarle
a
los
congresos
de
Rosario
(Argentina)
y a
México,
y el
profesor
Beltrán
era
un
referente,
no
solo
por
su
vasta
preparación
jurídica,
sino
por
su
sencillez
y
amabilidad
en
el
trato.
Él
esparcía
sus
conocimientos
en
forma
de
rayo
de
luz
a
muchas
voluntades
que
le
admiraban
porque,
en
esencia,
cualquier
persona
también
puede
ser
luz
hasta
que
ésta
se
apaga
por
la
malevolencia.
Emilio
fue
siempre
un
ser
luminoso.
Él,
cual
Prometeo,
portaba
la
antorcha
de
su
alma
generosa
de
científico
del
derecho
con
la
humildad
de
un
anacoreta;
antorcha
que
no
va a
dejar
nunca
de
brillar,
porque
su
espíritu
sigue
vivo
en
el
corazón
de
todos
los
que
le
quisimos
y
admiramos
y
que,
desde
uno
de
sus
sueños
-
Dictum-
compartiremos
con
todo
aquel
que
pretenda
profundizar
en
esa
parte
del
derecho
donde
ejercía
su
liderazgo;
de
ahí
esa
dimensión
de
trascendencia
que
decíamos
al
principio.
El
profesor
Emilio
Beltrán
nos
dejó
joven,
partió
por
razones
que
nunca
llegaremos
a
comprender,
pero
él,
como
el
faro
al
pescador,
seguirá
iluminando
en
la
distancia
el
alma
de
los
que
le
queríamos
y
compartíamos
con
él
algunas
de
sus
ilusiones
y su
amor
por
el
derecho
mercantil
–particularmente
el
de
la
insolvencia-,
a
través
de
su
magisterio,
sus
consejos
y su
extensa
obra
científica.
Sin
lugar
a
dudas,
no
podremos
–ni
queremos-
olvidarle,
no
solo
por
esas
grandes
cualidades
jurídicas
y
académicas
que
atesoraba,
sino
también
por
las
éticas
y
humanas
que
irradiaba
y
que
le
hacían
ser,
y
seguir
siendo,
un
ser
de
luz,
transportado
a la
galaxia
de
esos
entes
virtuosos
que
siguen
resplandeciendo
con
luz
propia
en
el
firmamento
de
los
justos
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