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En
el
sector
de
la
Abogacía
hay
abogados
soberbios
y
soberbios
abogados,
y no
es
infrecuente
que
dichas
condiciones
suelan
coincidir
en
unas
mismas
personas.
Sin
lugar
a
dudas,
la
soberbia
supone
tanto
un
pecado
como
una
virtud.
Ello
obedece
a
que
comparten
la
misma
raíz
etimológica
(del
latín
“superbia”)
palabras
como
supremo,
insuperable,
superior,…
Pero
este
“apetito
desordenado
por
ser
preferido
a
otros”
tal
como
define
la
RAE
a la
soberbia
valiéndose
de
la
definición
que
hizo
de
ella
San
Agustín
(De
Civitate
Dei,
XIV,
13;
también
citado
por
Santo
Tomás
en
De
malo,
q.
8.
a.
2.)
para
quien
no
sólo
supone
el
primer
pecado
sino
además
la
señal
de
la
naturaleza
corrompida,
requiere
de
un
control
a la
hora
de
ejercer
la
abogacía,
e
incluso,
a la
hora
de
conducir
eficazmente
la
relación
abogado-cliente.
Esto
es,
se
hace
preciso
saber
gestionarla.
En
1786
el
emperador
de
Austria
Joseph
II
quiso
obsequiar
la
visita
de
su
hermana,
la
archiduquesa
Marie
Christine
y su
esposo,
el
duque
Albrecht
von
Sachsen-Teschen
de
Bruselas,
con
un
reto
o
competición
entre
los
dos
principales
compositores
de
música
del
momento
en
la
corte,
como
eran
Antonio
Salieri
y
Wolfgang
Amadeus
Mozart.
El
reto
consistía
en
que
cada
uno
de
ellos
debían
preparar
una
ópera
de
un
solo
acto
que
representarían,
una
después
de
otra,
ante
un
nutrido
público
de
invitados.
El
tema
elegido
para
la
obra
era
el
propio
mundo
de
la
ópera
y el
tono
de
la
misma
debería
ser
cómico.
Mozart
logró
preparar
su
ópera
“El
Empresario
Teatral”
(Der
Schauspieldirektor,
K.486)
en
tan
sólo
17
días,
mientras
Salieri
compuso
la
propia
“Primero
la
música
y
luego
las
palabras”
(Prima
la
musica
e
poi
le
parole)
Ambas
óperas
se
representaron
dentro
del
marco
de
las
fiestas
en
honor
a
dicha
visita,
el
día
7 de
febrero
de
1786
en
el
invernadero
de
naranjos
“Orangerie”
del
castillo
de
Schönbrunn
en
Viena;
acto
al
que
asistieron
cientos
de
invitados.
La
obra
de
Mozart
más
que
una
pieza
operística
al
uso
realmente
era
un
singspiel mezclado
con
teatro
de
cobertura
que
albergaba
dos
arias,
un
terceto
y
una
canción
conjunta
en
verso
o
vaudeville.
Todo
un
ejercicio
de
innovación
para
el
momento
y
muy
atrevida
en
su
fondo,
pues
bajo
el
tono
cómico
solicitado
por
el
emperador,
Mozart
se
atrevió
a
abordar
la
trastienda
del
mundo
operístico
(sus
corruptelas,
rivalidades,
competencia
feroz,
problemas…)
logrando
casi
una
“opera-denuncia”,
mientras
Salieri
se
limitó
a
seguir
el
guión
con
una
obra
típica
del
género
de
ópera
bufa
italiana,
todo
ello
sin
mayores
pretensiones.
El
resultado
de
la
competición,
pese
a la
originalidad,
valentía
y
superior
calidad
que
presentaba
la
obra
de
Mozart,
resultó
a
favor
de
Salieri.
Este
caso
supone
un
claro
ejemplo
del
pecado
de
soberbia
profesional.
Mozart
muy
superior
a
Salieri
desoye
la
petición
del
emperador
e
ignora
el
fin
para
el
cual
son
requeridos
sus
servicios
(en
este
caso
un
mero
divertimento).
Al
igual
que
al
genio
de
Salzburgo,
el
abogado
es
proclive
a
pecar
de
soberbia,
arrogancia,
prepotencia,
vanidad,
altanería
y
vanagloria
a la
hora
de
conducirse
profesionalmente.
Ya
en
mi
anterior
post
La
regla
de
las
12
“Ces”
para
la
gestión
eficiente
de
la
relación
entre
abogado
y
cliente
aludía
a la
necesidad
de
optimizar
de
forma
eficaz
la
gestión
de
las
relaciones,
atendiendo
para
ello
a su
carácter
intuitu
personae.
Es
por
ello
que
el
exceso
de
soberbia
profesional
no
sólo
supone
una
amenaza
a la
hora
de
gestionar
debidamente
la
relación
abogado-cliente,
sino
que
también
supone
una
amenaza
para
el
éxito
del
caso
pues
la
soberbia
también
afecta
a
los
siete
factores
clave
de
todo
proceso
judicial.
Estos
son:
el
caso,
el
cliente,
el
oponente,
el
juez,
los
colaboradores,
el
propio
abogado
y el
procedimiento
de
trabajo
del
abogado
y
del
despacho.
El
caso,
con
respecto
al
caso,
la
soberbia
se
manifiesta
a la
hora
de
minimizar
su
complejidad
y
darlo
por
ganado,
vendiendo
la
piel
del
oso
antes
de
cazarlo.
Esta
muestra
de
altanería
y de
exceso
de
confianza
trae
siempre
inevitables
como
desagradables
consecuencias.
Igualmente
ocurre
con
el
cliente.
La
arrogancia
del
abogado
al
desoir
los
deseos
del
cliente,
a
parte
de
generar
frustración
en
las
expectativas
de
éste
en
la
gestión
de
sus
intereses,
le
aleja
de
cultivar
una
relación
saludable
y de
respeto
con
quien
se
debe
(su
cliente).
Con
el
oponente
o
contrario
en
el
proceso,
al
igual
que
con
el
juez,
qué
vamos
a
contar.
Cuántos
juicios
se
han
perdido
por
infravalorar
la
defensa
contraria
o
por
fiarse
y
aventurarse
en
exceso
del
posible
criterio
o
parecer
judicial
de
tal
o
cual
magistrado.
Igual
ocurre
con
los
colaboradores
y
con
el
procedimiento
interno
de
trabajo
del
despacho.
Confiar
en
exceso
que
cualquier
colaborador
(procurador,
perito,
compañero
en
el
despacho,
nuestro
servicio
documental
de
apoyo,…)
en
el
proceso
es
válido
supone
una
temeridad.
La
soberbia
no
deja
ver
la
realidad,
o al
menos
la
disfraza
a
nuestro
gusto
y
conveniencia.
Y
por
último
y no
menos
importante
factor
fundamental
del
proceso
radica
en
nosotros
mismos,
esto
es,
en
el
propio
abogado.
La
jactancia
de
que
somos
los
mejores
muchas
veces
se
torna
en
otros
vicios
como
son
la
ambición,
el
orgullo,
la
pertinacia,
la
hipocresía
y la
desobediencia.
Ambición
haciéndonos
erróneamente
creer
–cual
cuento
de
la
lechera-
que
todo
es
posible.
El
orgullo
en
exceso
termina
generando
tiranía,
ya
decían
los
griegos.
Pertinacia
porque
este
alejamiento
de
la
realidad
nos
insufla
una
seguridad
fútil,
de
pies
de
barro,
que
nos
dirige
ciegamente
a
una
realidad
impostada.
Hipocresía
porque
la
soberbia
nos
lleva
a
aparentar
lo
que
realmente
no
somos,
esto
es,
un
ejercicio
de
envanecimiento
profesional.
Y
desobediencia
pues
en
esta
huida
de
la
realidad
terminamos
incumpliendo
lo
acordado
con
nuestros
clientes.
En
cualquier
caso,
la
soberbia
profesional
del
abogado
o
del
artista,
como
una
moneda,
reúne
en
sí
las
dos
caras:
la
del
vicio
y la
de
la
virtud,
evidenciando
el
conflicto
entre
la
humildad
y la
excelencia.
De
ahí
que
sea
preciso
saber
gestionarla.
Todo
siempre
en
su
justa
medida.
Ya
lo
dijo
Mozart:
Monsieur Vogelsang:
“Was
wollen
Sie
sich
erst
entrüsten,
mit
einem
leeren
Vorzug
brüsten?
Ein
jedes
hat
besondern
Wert.”
(¿Por
qué
esta
muestra
de
genio,
este
frívolo
alarde
de
quién
es
la
mejor?
Cada
ser
tiene
sus
propios
méritos).
A lo que Mademoiselle Silberklang responde:
“Jeder
Künstler
strebt
nach
Ehre,
wünscht
der
einzige
zu
sein;
und
wenn
dieser
Trieb
nicht
wäre,
bliebe
jede
Kunst
nur
klein.”
(Todo
artista
lucha
por
la
loa,
quiere
ser
el
único;
y
sin
esta
lucha
el
arte
nunca
sería
grande.)
El Empresario Teatral, Der Schauspieldirektor,
K.486
(fuente
del
libreto,
Kareol) |