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El
conflicto
en
las
organizaciones
no
es
por
sí
negativo
en
tanto
supone
siempre
una
oportunidad
de
mejora.
En
el
Canto
VIII
de
la
Odisea
Homero
narra
uno
los
relatos
mitológicos
más
interesantes
y
divertidos.
Se
trata
del
relato
de
la
red
de
Hefesto.
Resulta
que
Hefesto
(Vulcano
para
los
romanos),
el
anciano
y
cojo
dios
de
Lemnos,
casó
con
la
diosa
Afrodita,
quien
realmente
amaba
a
Ares,
el
dios
de
la
guerra.
Según
Homero,
los
dos
amantes
fueron
sorprendidos
de
madrugada
por
Helios,
el
dios
Sol
que
todo
lo
ve,
quien
le
contó
el
suceso
a
Hefesto.
Éste
en
venganza
preparó
en
secreto
una
trampa
para
lo
cual
forjó
en
su
fragua
una
red
mágica
de
hilos
invisibles
e
irrompibles,
que
él
sólo
podía
accionar.
Engañó
a
Afrodita
diciéndole
que
iba
a
Lemnos,
lo
que
aprovechó
ésta
para
hacer
venir
a
Ares.
Cuando
a la
noche
Hefesto
los
sorprendió
desnudos
en
el
lecho,
activó
la
red
dejando
atrapados
a
los
dos
amantes.
Fue
entonces
cuando
el
humillado
esposo
y
dios
hizo
llamar
al
resto
de
dioses
del
Olimpo
quienes
disfrutaron
y
rieron
mucho
con
aquel
espectáculo.
Cualquier
organización
–se
nos
presente
como
una
empresa,
como
un
despacho
de
abogados
o
como
cualquier
otro
modelo
corporativo-
resulta
ser
un
foco
habitual
de
desencuentros
y
conflictos.
A
ello
contribuye
la
cada
vez
más
rica
diversidad
de
los
recursos
humanos
que
la
integran.
Variedad
ésta,
que
no
sólo
ha
de
ser
entendida
a la
luz
de
la
procedencia
o
nacionalidad
de
sus
integrantes,
si
no
además,
atendiendo
a la
heterogénea
amalgama
de
edades
y
generaciones
de
sus
integrantes.
Diversidad
aún
más
compleja,
que
se
manifiesta
a
modo
de
cóctel
alambicado,
si
atendemos
a la
disparidad
de
cotas
de
experiencia,
de
formación,
de
habilidades
y de
conocimiento
que
aportan
a la
organización.
Y
todo
ello,
sin
olvidar
las
diferencias
que
en
materia
de
motivación
y
nivel
de
compromiso
personal
que
cada
uno
de
ellos
se
presta
a
asumir.
Toda
esta
diversidad
y,
al
mismo
tiempo,
riqueza
de
capital
humano,
supone
un
reto
organizacional
que
precisa
de
un
nuevo
modelo
de
liderazgo
capaz
de
gestionar
esa
variedad,
así
como
atender
y
resolver
todos
los
conflictos
que
genera.
Además,
el
modelo
de
liderazgo
tradicional
de
la
jerarquía
y de
la
-casi
militar-
escala
de
mando
en
el
reparto
del
poder,
las
competencias
y
las
responsabilidades,
está
en
crisis.
Con
ello,
también
el
modelo
de
pensamiento
unidimensional
-más
que
pensamiento
único-
que
ha
venido
estando
en
boga
en
las
organizaciones.
Ello
ya
no
vale.
Ello
ya
no
sirve.
El
líder
del
equipo
ya
no
es
forzosamente
el
jefe.
Se
impone
asumir
la
realidad
que
trae
consigo
un
escenario
nuevo
en
el
que
todos
los
integrantes
de
la
organización
contribuyen
cada
vez
más
en
igualdad
de
condiciones.
Se
trata
de
una
agregación
de
valor
colaborativo,
exenta
de
las
cortapisas
propias
de
las
jerarquías,
en
la
que
ahora
todos
suman,
en
mayor
o
menor
grado,
según
sus
capacidades
y
circunstancias.
Del
“ordeno
y
mando”
estamos
pasando
al
“opino
y
contribuyo
luego
existo”.
El
nuevo
liderazgo
se
fundamenta
en
saber
gestionar
un
marco
de
disidencias
y
conflictos,
no
necesariamente
negativos,
para
encauzar
acertadamente
las
sinergias
y
energías
tanto
individuales,
como
grupales.
Y
todo
ello
se
justifica
en
un
nuevo
paradigma:
el
conflicto
en
las
organizaciones
no
es
negativo
per
se
en
tanto
supone
siempre
una
oportunidad.
Sin
lugar
a
dudas,
una
oportunidad
de
mejora
a
todos
los
niveles,
así
como
de
implicación
y de
coparticipación
en
un
resultado,
aunando
esfuerzos
y
voluntades
en
un
fin
común.
Todo
ello
necesariamente
apoyado
y
asistido
por
la
transparencia
en
-y
de-
la
propia
organización,
sus
integrantes
y
procedimientos.
Ahora
bien,
en
toda
dialéctica
hay
realidades
enfrentadas
y
con
ello
no
se
ha
minusvalorar
el
componente
de
rebeldía
que
trae
consigo
el
conflicto
organizacional.
En
efecto,
la
mayor
riqueza
del
capital
humano
que
aporta
su
diversidad
y la
tendencia
creciente
a
asumir
modelos
colaborativos
y
coparticipativos
en
las
organizaciones
implica
también
que
se
esté
generando
una
conciencia
contestataria.
Conciencia
contestataria
que
ahora
no
transige
con
los
errores,
provengan
de
donde
provengan.
Conciencia
que
obliga
a
pasar
por
el
tamiz
ético
los
dictados
de
los
superiores
que
aún
se
pretenden
arrogar
el
principio
de
autoridad
sustentado
en
el
escalafón
del
organigrama.
Con
todo
ello
nace
un
nuevo
derecho
que
asiste
a
los
integrantes
del
grupo,
esto
es,
de
la
organización:
“el
desahoging”
o lo
que
es
lo
mismo
el
ejercicio
de
la
conciencia
contestataria.
Hemos
pasado
del
“así
lo
quiero
porque
puedo”
al
modelo
del
“ya
no
todo
vale”
propio
de
un
entorno
–como
el
actual-
de
ausencia
de
barreras
en
la
difusión
informativa
y en
la
comunicación
que
da
mucho
más
poder
al
individuo
frente
al
grupo.
En
esta
deriva,
juegan
un
papel
primordial
la
presencia
de
Internet,
cual
hefestiana
“red
de
hilos
invisibles
e
irrompibles”,
así
como
los
entornos
2.0
o
redes
sociales.
Cada
día
es
más
frecuente
encontrar
noticias
sobre
como
las
redes
sociales
(facebook,
Twitter,
Youtube…)
se
posicionan
como
medios
de
comunicación
y
denuncia
ante
atropellos
y
abusos
de
índole
laboral,
política,
etc…
Si
bien
su
uso
no
es
del
todo
ni
inocuo
ni
inocente.
Así,
lo
que
hasta
hace
poco
se
veía
como
improbable,
véase
la
exigencia
de
responsabilidades
jurídicas
del
retweet,
cada
vez
empieza
a
ser
más
habitual
e,
incluso,
inevitable:
el
uso
inadecuado
e
incluso
ilegítimo
de
la
denuncia
infundada
o
improcedente
a
través
de
las
redes
sociales
que
se
prestan
de
altavoz
mediático.
Es
por
ello
que
en
el
seno
de
las
organizaciones
y,
en
particular,
de
las
empresas,
el
desafío
de
la
gestión
de
la
conciencia
contestataria
empiece
a
ser
más
que
una
oportunidad,
una
auténtica
y
apremiante
necesidad.
De
caso
contrario
sería
llegarse
a
engaño
pues
en
este
nuevo
escenario
el
débil,
entiéndase
cualquier
trabajador
o
integrante
de
una
organización
es
ahora
más
rápido
que
la
hasta
hace
poco
poderosa
y
unívoca
empresa
u
organización.
Ahora
hasta
Hefesto
supera
a
Ares.
“No
prosperan
las
malas
acciones;
el
lento
alcanza
al
veloz.
Así,
ahora,
Hefesto,
cojo
y
lento
como
es,
ha
cogido
con
sus
artes
a
Ares
pese
a
ser
el
más
veloz
de
los
dioses
que
ocupan
el
Olimpo.”
(Homero,
Canto
VIII
de
La
Odisea). |