|
En mi doble
condición de abogado y mediadora, siempre que
tengo ocasión, me gusta hacer especial hincapié
en lo extraño que me parece el hecho de que
durante la formación universitaria, y no creo
que esto haya variado mucho hoy en día, se
estudien exhaustivamente todas las normativas
aplicables para la resolución, normalmente
judicial, de los conflictos, que es mayormente
donde se desarrollará nuestra vida profesional
de letrados, y sin embargo no se dedique la
mínima atención que merece, a aquello que da
fundamento a esos estudios y a la normativa
aplicable, que es el propio
CONFLICTO.
En mi caso,
la formación en mediación fue la que me hizo ir
más allá en el estudio y conocimiento más
profundo de los conflictos y sus dinámicas, así
como las distintas formas de enfrentarlos;
conocimiento, que por otra parte entiendo desde
entonces absolutamente esencial para alcanzar
satisfactoriamente su resolución, sea cual sea
el sistema escogido finalmente para ello. Por
eso mismo, creo que debiera ser materia de
estudio obligada para los universitarios, se me
ocurre que quizás no sólo de derecho, puesto que
el conflicto es consustancial al ser humano y
a la sociedad en la que vivimos, y sea cual
sea el ámbito en el que desarrollemos nuestra
labor profesional, habremos de enfrentarlos de
forma cotidiana; más aún si como en el caso de
la abogacía, nuestros clientes acuden al
despacho en busca de ayuda profesional para
resolverlos, en busca de soluciones.
Esa formación
en mediación, y unos grandes maestros que me
invitaron a profundizar en estas cuestiones, han
colaborado a mi concienciación con el hecho de
que a pesar que la profesión de letrados
discurra una gran parte de las veces entre
negociaciones, tampoco durante la formación
universitaria se incide en esta materia de forma
específica, ni se adquieren o desarrollan este
tipo de capacidades, que podamos tener en mayor
o menor medida previamente; y que
posteriormente para mejorar profesionalmente
adquiriremos o desarrollaremos, según nuestra
necesidad e interés a través de formación
complementaria; y si bien es cierto que hay
profesionales que son negociadores natos,
también lo es, que el hecho de ser letrado o
incluso un buen letrado no es sinónimo de ser un
buen negociador.
Así las cosas
y dado que actualmente, en mi faceta como
docente me encuentro profesionales, de muy
distintos ámbitos, que coinciden en querer saber
cómo se cambia un rol tan marcado como el de
abogado (añado yo el de cualquier otra
profesión, psicólogos, arquitectos y arquitectos
técnicos, economistas, ingenieros, etc….) al de
mediador, sobre todo contando con una vasta
experiencia profesional previa que sin duda
imprime carácter; mi respuesta es siempre la
misma, se trata de cambiar el punto de vista.
Para ello es
importante de forma previa profundizar en ese
conocimiento de los conflictos al que me he
referido, conocer las distintas formas de
intervenir en su resolución y con ello la
diferencia entre intervenir proponiendo nosotros
la solución, que es a lo que nos lleva el
rol de nuestra profesión de origen, o por el
contrario, intervenir facilitando que sean las
propias partes las que lo resuelvan, sin
necesidad de tener que acudir a un tercero en
busca de esa solución; que es lo que realmente
hace un mediador; la
máxima es “No es mi solución, es la suya” .
Así pues, es
esa diferente perspectiva sobre el conflicto, lo
que nos permitirá y facilitará ese cambio de
rol, ese cambio de “sombrero” del que hablamos.
Así mientras como abogados intervenimos de
forma activa en la solución, proponiéndola y
en su caso aplicándola, o demandando su
aplicación por un tercero (el juez o el árbitro)
según nuestro criterio jurídico, como
mediadores únicamente intervenimos para
facilitar la comunicación de las partes y que
así sean capaces por sí mismas de llegar a los
acuerdos, es decir, como mediadores no damos
la solución ni les aconsejamos.
Necesariamente habremos de cambiar pues nuestra
mirada sobre el conflicto para facilitar que sea
el mediador el que actúe en lugar del letrado
que también está dentro de nosotros; y desde
luego, no es tarea fácil, sobre todo al
principio.
Para mí no lo
fue y no me cuesta reconocerlo; muy al contrario
entiendo que lleva su tiempo, acostumbrados como
estamos a contemplar y estudiar las soluciones
más idóneas jurídicamente, intervenir en un
conflicto únicamente facilitando la comunicación
entre las partes para que ellas mediante el
diálogo intercambien propuestas, y
manteniéndonos al margen en esa decisión para
que negocien los mejores términos de un acuerdo;
convengo pues, que es tarea difícil, y más si
cabe, cuando el abogado que hay dentro siempre,
como si tuviera vida propia ( yo siempre lo
comparo de forma gráfica con un “alien”),
pugnara por salir al percibir que las
propuestas de las partes no son las que como
letrado aconsejarías o elegirías.
Aunque
también es cierto, que no hay que perder la
esperanza ya que con la práctica profesional,
cada vez va apaciguándose más el yo letrado en
favor del yo mediador, que siempre prefiere
aguardar con paciencia y empatía, a que las
partes recorran el largo y duro camino del
reconocimiento y la proposición constructiva.
Tanto el
mediador como las partes sabemos que al final,
si no hay acuerdo, siempre está la posibilidad
de una solución judicial, que en cualquier caso
será impuesta con base a una serie de criterios
jurídicos, que en la mayoría de las ocasiones no
satisfacen al cien por cien las expectativas de
todos, por lo que en mediación siempre nos
apoyamos en que los acuerdos que se alcancen son
siempre propios de ellos y por tanto más
eficaces que los que pudieran venirles
impuestos. Entender ese distinto papel que
jugamos, profesionalmente respecto al conflicto,
es clave y puede facilitar que no nos sea tan
costoso cambiar nuestro rol según si
intervenimos como letrados o como mediadores,
siendo posible sin ningún género de duda
alternar nuestra dedicación profesional a las
dos actividades, aunque por supuesto nunca
dentro del mismo caso.
Sobre esa
base, he ido aprendiendo que lo realmente
importante es ayudar a que se escuchen y sobre
todo a que se sientan escuchadas y comprendidas
por los mediadores que intervienen, y también
entre ellas; lo cual se obtiene con un buen
conocimiento y práctica de las técnicas de
comunicación que utilizamos en el proceso; y
también he aprendido de la práctica, que la
manera de facilitar el cambio de “sombrero” o de
rol, es apoyarnos en la idea de que no importa
nuestra posible solución ideal para el
conflicto, o la que puede parecernos más justa,
sino única y exclusivamente la que las partes
elijan como propia, que será sin duda la mejor
para ellos.
Desde el
momento en que seamos capaces de ser únicamente
vehículo de comunicación y no un oráculo de
soluciones, podremos realizar el cambio de rol,
y aunque como he dicho, no se trata de un
proceso fácil al principio, si no se realiza de
forma eficaz, nos encontraremos “presionando” a
las partes a adoptar soluciones que no han
acordado de forma libre, voluntaria y conjunta,
sino que responden a nuestras propias ideas, lo
que finalmente malogrará el proceso de
mediación.
Es verdad que
cada conflicto es particular, como lo son las
partes que lo viven y por eso como
profesionales, independientemente de que
aconsejemos la mediación como la mejor de las
opciones, debemos entender que hay ocasiones
también en las que un conflicto no es mediable o
quizás las partes no se encuentran preparadas
para resolverlo por ellas mismas, y de ahí que
sea tan importante la existencia de buenos
profesionales de la mediación como de buenos
abogados. La coexistencia de ambas profesiones
es fácil si somos capaces de delimitar nuestra
actuación en cada uno de esos roles, respetando
para ello las características propias de cada
una de ellas. |