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08 de JUNIO de 2015


…Y las luces volvieron a brillar

Gonzalo Stampa, abogado, director de CIMA

Gonzalo Stampa, abogado, director de CIMA

En su obra Los cañones del atardecer, Rick Atkinson describe con esta metáfora la sensación de alivio que todas las personas de bien, involucradas de una u otra forma en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, debieron experimentar aquel 7 de mayo de 1945, al conocer que el General Jödl había firmado la rendición incondicional del ejército alemán ante las tropas aliadas, tras las tensas negociaciones mantenidas con el General Eisenhower y sus principales colaboradores desde el 5 de mayo de 1945, en el Cuartel General del Shaef, sito temporalmente en el edificio de ladrillo rojo de Reims que albergase el Collège Moderne et Technique de Garçons. Una rendición que sólo fue posible tras hacer comprender al General Jödl las eventuales consecuencias de la situación inviable en la que se encontraba su ejército.

Los filamentos de estas luces comenzaron a calentarse casi un año antes; en concreto, el 1 de julio de 1944, en el Hotel Mount Washington, de Bretton Woods (New Hampshire). Alentadas por el éxito militar de Normandía y bajo los auspicios de Naciones Unidas, las autoridades económicas aliadas convocaron en esa fecha una conferencia internacional monetaria y financiera en la que, durante las sesiones sectoriales celebradas durante 22 días, delegados de 45 países debatirían sobre los retos futuros y las soluciones disponibles para afrontar, con garantías, la incertidumbre económica de la ya previsible posguerra. En su mensaje de bienvenida, el Presidente Roosevelt admitió ante los asistentes su deseo de que las deliberaciones de la Conferencia sirviesen para acreditar que «…los hombres de diferentes nacionalidades han aprendido a ajustar sus posibles diferencias…», con la finalidad de asegurar, en lo sucesivo, el establecimiento de un mundo más seguro y armónico.

El resultado de los consensos alcanzados en esta Conferencia se articularía en los denominados Acuerdos de Bretton Woods, recordados por el alumbramiento de las principales instituciones financieras multilaterales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, por el establecimiento del patrón oro –abandonado 27 años más tarde- y, sobretodo, por la creación de la Organización de Naciones Unidas, que desarrollaría el actual comercio mundial, origen de la mundialización y superador del comercio exterior, primero, y del comercio internacional, después.

Así, los Acuerdos de Bretton Woods cimentarían un sistema macroeconómico mundial basado en el multilateralismo y desarrollado en torno a tres axiomas básicos: el principio de trato no discriminatorio entre interlocutores comerciales, con la aplicación generalizada de la cláusula de nación más favorecida; la instauración efectiva de la liberalización de mercados, como instrumento de supresión negociada de obstáculos al comercio internacional; y, por último, la definición y aplicación de una ideología económica internacional previsible, de la que dependiera la estabilidad económica mundial, al permitir la recuperación de los principios democráticos en el comercio internacional y la pacifica superación de las controversias derivadas de su funcionamiento, a través del arbitraje. El deseo del Presidente Roosevelt se vería así colmado, demostrando que, en efecto, los hombres habían aprendido a ajustar sus diferencias, utilizando otros mecanismos diferentes a la mera confrontación bélica; preservando, en definitiva, ese mundo armónico que deseaba establecer sobre la base de un intercambio comercial justo y equilibrado, una vez comprendida –tras seis años de devastadora contienda- la vergonzosa inutilidad de las guerras para cualquier finalidad civilizada.

La intensidad de la tenue luz proyectada por estos filamentos creció paulatinamente tras el 7 de mayo de 1945. Desde entonces y como consecuencia de su progresiva armonización, el arbitraje adquiriría relevancia como instrumento adecuado para solventar situaciones delicadas. Y aunque muchos serían desde ese instante los conflictos resueltos por esta institución, acaso entre todos ellos y por su incomprensible arrumbamiento destaquen los Acuerdos de Argel, de 19 de enero de 1981.

Los Acuerdos de Argel conforman un instrumento diplomático surgido de una necesidad tan imperiosa como la resolución de la denominada crisis de los rehenes de 1979. Sus contenidos instrumentaban –con precisión- los resultados de la dilatada, discreta y ardua negociación mantenida en el territorio de la República de Argelia, entre los representantes de los Estados Unidos de América y de la República Islámica de Irán y de la que resultaría un conjunto de disposiciones que articularían un mecanismo aceptable para resolver todas las diferencias y reclamaciones existentes entre ambos países hasta ese momento. Divergencias nacidas de las consecuencias del decreto del Presidente Carter de 14 de noviembre de 1979, por virtud del cual disponía sanciones comerciales contra la República Islámica de Irán como respuesta –firme, pero pacífica- a la previa invasión de su legación diplomática en Teherán, el 4 de noviembre de 1979. La firma de los Acuerdos de Argel –incluyendo su declaración sobre resolución de controversias- permitió tanto la inmediata liberación de los noventa rehenes tras 444 días de cautiverio, como la constitución del denominado Tribunal de Reclamaciones de Irán-Estados Unidos; una institución arbitral que ha decidido casi cuatro mil asuntos entre nacionales de ambos países, generando una abundante y valiosa jurisprudencia arbitral que ha contribuido decisivamente al desarrollo del procedimiento arbitral; el Reglamento de Cima ejemplifica la asimilación práctica de algunas de estas enseñanzas.

Conversación, debate y entendimiento deben conformar, por tanto, los elementos necesarios para superar lo que Freud definiera como el narcisismo de las pequeñas diferencias, es decir, la obsesión humana por diferenciarse de aquello que resulta más familiar y parecido. Una testarudez que, como demuestra la Historia reciente, conforma la espoleta causante de enconadas disputas de diversa naturaleza, cuya complejidad ha inspirado a sus mediadores –sean estos negociadores, árbitros o conciliadores- el desarrollo de diferentes técnicas de resolución de conflictos, entre las que se encuentra la ambigüedad constructiva.

Concebida inicialmente como una herramienta diplomática, la ambigüedad constructiva se aplica también en la esfera comercial. Su virtualidad descansa en la deliberada utilización de un lenguaje y de unos objetivos indefinidos como herramientas necesarias para abordar situaciones complejas. Sirviéndose del acomodo de la imprecisión lingüística a los respectivos objetivos de las partes enfrentadas, el mediador –entendido en su acepción más amplia- puede resolver así sus desencuentros más sencillos, postergando las cuestiones de mayor enconamiento para la fase final de la mediación. Para entonces, la combinación del tempo y de la existencia de previos acuerdos menores, debe contribuir al definitivo acercamiento de las posiciones inicialmente antagónicas de las partes y a la solución aceptable de las diferencias, siempre que se respeten tres principios básicos: la identificación individualizada de los objetivos realistas de las partes enfrentadas, sopesando sus respectivos poderes actuales y futuros disponibles para su consecución; la determinación de su compatibilidad; y la utilización de todos los recursos disponibles para su efectiva consecución.

Recursos entre los que destacaremos el Derecho de los Negocios Internacionales; un efecto jurídico directo de la mundialización, un instrumento armonizador esencial del que el arbitraje conforma una de sus materias principales, constituyendo, hasta el momento, uno de sus logros tangibles, al haberse consolidado entre la comunidad empresarial como un mecanismo solvente de resolución de controversias mercantiles, dada su demostrada capacidad para equilibrar sus progresos técnicos con las necesidades de sus usuarios. Exigencias que España ha asumido con valentía, promulgando la Ley de Arbitraje –su colofón, hasta el momento- y consolidando la presencia de instituciones arbitrales reputadas como Cima, conscientes de la responsabilidad derivada del expreso apoderamiento de las partes contendientes para administrar –con discreción, pero con eficacia- el desarrollo de aquellos procedimientos arbitrales por medio de los cuales hayan decidido resolver pautadamente sus diferencias. A partir de aquí y como recomendaba Nikola Tesla –padre de la electricidad comercial- dejemos que el futuro diga la verdad y evalúe a cada uno de acuerdo a sus trabajos y a sus logros; permitamos, en definitiva, que las luces continúen brillando.

Adelante; sean bienvenidos a este Canal, cuyos contenidos deseamos que resulten de su agrado.

 

 

 

 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
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