El caos y la laguna de las tallas de ropa

Publicado el viernes, 12 mayo 2017

Ana Carrera Martino, Abogada en Medina Cuadros.

Pongámonos en situación: un día cualquiera, vas a comprar unos pantalones nuevos. Porque los que tienes se han encogido de tantos lavados, están demasiado desgastados para ir a trabajar con ellos, o simplemente quieres darte un capricho. Llegas a la tienda y pides la talla que habitualmente usas y de pronto descubres que, por una razón o por otra, a tus venas no llega suficiente sangre y tienes que pedir una más; mientras te pruebas esa talla que jamás habías llevado, con cara de póquer como si no le dieses una vuelta más de tuerca y con la mirada perdida piensas…: “¿Me habré pasado últimamente con las cervecitas? ¿Con el dulce?  ¿No haré suficiente deporte? ¿Debo controlar más lo que como? ¿Estaré abusando de la sal? Madre mía, esto no puede ser. Mañana mismo, qué demonios, hoy mismo, me pongo a dieta”.

No sé si esto os resulta familiar, pero seguro que a más de uno o una está sonriendo o asintiendo con la cabeza mientras lee.

Ana Carrera Martino, Abogada en Medina Cuadros

Ana Carrera Martino, Abogada en Medina Cuadros

Pues efectivamente, esta es una situación que se da con relativa frecuencia y que además puede ser menos inocente de lo que parece a simple vista. Porque muchas veces no es nuestro problema ni que nuestro cuerpo haya cambiado, sino la falta de regulación sobre la estandarización de tallas.

Las compañías del sector textil generalmente aprovechan el vacío legal a nivel tanto nacional como europeo en esta materia. Esto se traduce en que, además de vulnerar el derecho del consumidor a recibir información homogénea y fidedigna en las etiquetas de las prendas de ropa, se promuevan unos cánones e ideales de belleza relacionados con la delgadez que pueden afectar a la salud física y psicológica de las personas; pudiendo provocar desde ansiedad o insatisfacción personal hasta trastornos más graves como la depresión o la anorexia. Especialmente en el colectivo de mujeres jóvenes, pues son las más propensas a sentir angustia o tener una baja autoestima por estos temas.

Es tal la manipulación de las marcas en un sentido y otro que en este sentido no me ha podido dejar de parecer llamativo el conocido como “tallaje de vanidad”, con el que algunas compañías textiles fabricaban ropa con medidas más amplias de las que aparecían en las tallas con la intención de, como su nombre indica, fomentar la vanidad de los consumidores y así aumentar las ventas de sus productos. Sin embargo, en ciertos países como Argentina y México existen leyes que establecen tallas mínimas de prendas con el objetivo de prevenir enfermedades tan graves como son la bulimia o la anorexia. Y de ahí es de donde deberíamos tomar el ejemplo.

En el caso de nuestro país, hasta el momento (salvo por un intento en el año 2007 que analizaremos más adelante) no se le ha prestado a este problema la atención que merece; sería cuanto menos interesante dictar una ley que homologase las tallas para que los consumidores no se vean expuestos a problemas físicos o psicológicos y, preferentemente, que siguieran los parámetros establecidos por la OMS sobre lo que está considerado como peso ideal de las personas según su complexión y estatura, que son los siguientes:

tallaje

Bien es cierto que existe una norma europea sobre la materia, la EN13402, sobre designación de las tallas para prendas de vestir, que define las dimensiones corporales que deben ser usadas en la designación de las etiquetas. Sin embargo, es una disposición de carácter voluntario y por tanto, no es obligatoria. Por tanto, sería deseable una directiva aprobada por la UE (ya que eso sí sería vinculante y todos los Estados Miembro estarían obligados a adaptarla a sus ordenamientos jurídicos en el plazo establecido para su transposición) en vistas a darle un carácter unitario a esta materia en todos los EM.

¿Por qué? Porque hoy en día el tallaje de muchas prendas se aleja demasiado del que verdaderamente tendría un cuerpo sano, porque encontrar talla más allá de la 42 en muchos de los locales más comerciales de nuestro país es un auténtico reto, porque variar de talla o tener una talla normal y no encontrar ropa genera insatisfacción y la tendencia al seguimiento de dietas sin control médico.

Y por los datos. Hay datos inquietantes. Algunos de ellos arrojados por el informe realizado por la Fundación IMA (Fundación Imagen y Autoestima), que analiza el sistema de tallas de ropa y el impacto para la salud de los españoles son que la mayoría de las mujeres en nuestro país no responden a la talla 38 pese a que más de un 80% de ellas están un peso dentro de los rangos normales, que más del 50% de las personas se sientes tristes, preocupadas o culpables al comprobar que no usan la talla que creían y un 44% se plantea hacer dieta por ello, y que en 2016 los trastornos alimentarios han sido la tercera enfermedad crónica entre la población femenina adolescente de las sociedades desarrolladas.

Pues bien, en nuestro país se firmó un acuerdo en enero de 2007 entre el Gobierno y empresarios del mundo de la moda para la regularización de las tallas, acuerdo que llama la atención por varias razones: en primer lugar, la ausencia de estudios médicos para determinar si los cánones acordados en él son correctos; en segundo lugar, que precisamente varias de las marcas que se unieron al acuerdo, son de las que más varían las tallas de unos modelos a otros de ropa; en tercer lugar, y posiblemente el que más me ha descolocado es que uno de los puntos del acuerdo reza “La autorregulación acordada con el sector… conllevará que los maniquíes expuestos como modelos en las tiendas respondan a los perfiles biométricos normales en la población española” y “Se procurará que la talla de los maniquíes de exposición sea al menos la 38”. Por favor, me gustaría que se asomasen un momento a un escaparate de una tienda de moda y me dijesen a cuánta gente “normal” conocen con esas medidas. Hagan la prueba y cuéntenmelo.

Y por último, que la supervisión de que se cumplen las medidas contenidas en el acuerdo la llevaría a cabo una “comisión de seguimiento” formada, entre otros, por miembros de las propias empresas y asociaciones firmantes. No hay más preguntas señoría.

La Ministra de Sanidad en aquel momento, Elena Salgado, puso muy buena voluntad e interés en que esto saliera adelante; sin embargo, tal vez por la crisis que sufrió nuestro país en los años próximos que hizo que priorizaran otros asuntos, da la sensación de que la regulación de las tallas ha quedado dormitando en un limbo del que no termina de salir. Al menos hay algo que parece bastante claro, y es que el mencionado acuerdo no se está cumpliendo actualmente, y que, a la luz de los estudios e informes, una parte importante de la población española tiene tendencia a querer bajar su peso entre otras cosas por la presión que ejerce el sistema de tallas actual.

Tenemos todo el derecho a exigir una regulación. La Constitución Española reza en sus artículos 43.1 y 43.2 respectivamente: “Se reconoce el derecho a la protección de la salud” y “Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas (…)”. Tomando como base esta garantía, me es inevitable pensar: ¿No contribuiría un sistema de tallas más acorde a la realidad y estable, si no a erradicar, al menos a reducir los problemas mencionados anteriormente? Y por tanto, no sería mejor exigir que los mencionados poderes públicos (Administración General del estado, Comunidades Autónomas y Corporaciones Locales en sus respectivos ámbitos de sus competencias) cumplan con lo establecido en nuestra Constitución.

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